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Hoy me levanté temprano para apreciar un momento fugaz. Hace cuatro días sabía lo especial que sería este día para hacer fotografías. Había seguido atentamente los pronósticos meteorológicos, especialmente los referidos a la isoterma. Todo indicaba que tendríamos nieve en la Cordillera de la Costa y en la Cordillera de los Andes al mismo tiempo.

Manejé hasta Caleu, localidad que se emplaza a los pies del cerro el Roble, donde pretendía ver los robles de otoño nevados. Subí muy concentrado por una cuesta llena de curvas, en un camino estrecho y con algunos rodados que obligaban a estar alerta. Cuando superé los obstáculos, pude levantar la mirada para ver el paisaje. Simplemente me quedé en silencio, estacioné donde pude, preparé mi cámara y con el corazón agitado me dispuse a guardar lo que veía.

El Roble estaba ahí, nada de colores de otoño, todo estaba teñido de blanco. Eran las 7:00 de la mañana y el espectáculo duraría hasta la salida del sol, que progresivamente, devolvería los colores cálidos al cerro.

Roble nevado-1

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